Opinión:
Por: Dr. JUAN MANUEL FUERTES
Semanas atrás, durante una entrevista con el periodista Carlos Rojas de Ecuavisa, entre la broma y la burla, el presidente Daniel Noboa ofreció regalarle un cerdo proveniente de un total de 15000 marranos, incautados en fincas del GDO “Comandos de la Frontera”.
La intención del mandatario fue ratificada con otra mofa, en días pasados, siendo entrevistado por Milton Pérez en Teleamazonas
Si los cerdos están incautados, implica que son objeto de una retención provisional, continúan siendo de propiedad particular hasta que judicialmente se resuelva el caso. Si están decomisados, supone que hay un fallo judicial que determina la responsabilidad delictiva de quienes eran sus propietarios y, por tanto, los cochinos pasan a dominio estatal. En ningún caso el titular del derecho es el presidente ni los ministros.
La chacota presidencial grafica parte de las causas de la tragedia del país.
El abuso del poder tiene una ancha vía cuando no existen escrúpulos morales, convicción democrática ni contrapesos institucionales.
Lo bienes estatales, los bienes públicos, son tratados como res nullius (cosa abandonada), como que no son de nadie y, por tanto, el que tiene la administración a su alcance puede hacer con ellos lo que le da la gana.
La indiferencia ante el irrespeto de los bienes públicos, de los bienes de todos, invade a gobernantes y gobernados. Hemos naturalizado el abuso. Poco importa la mala calidad de los servicios y las obras ni los sobreprecios. El rechazo a la corrupción depende de nuestra simpatía o antipatía hacia quienes la cometen.
Es imposible que el concepto de bien común pueda tener vigencia, si no existe conciencia sobre lo que constituye el patrimonio público, el de todos. Y no se activan la indignación y los mecanismos institucionales, ante los desafueros de sus administradores.
Resulta excesivamente cuesta arriba que tengamos un país desarrollado y una sociedad equitativa, si persistimos feriándonos o mirando con desgano el festín de los bienes públicos. Observando impávidos, y hasta con risas complacientes, cómo regalan chanchos ajenos.
