Este 21 de abril, Ecuador conmemora por cuarta ocasión el Día del Jambato, una fecha que invita a recordar —y no repetir— una historia que estuvo a punto de terminar.
El jambato (Atelopus ignescens) es una pequeña rana andina de intenso contraste negro y anaranjado, cuyo nombre científico significa “incandescente”, como un carbón encendido. Su nombre común proviene del kichwa jampatu, que significa sapo, porque durante décadas fue tan abundante en los Andes que definía lo que muchas comunidades entendían por este animal.
Habitaba pajonales, potreros y zonas cercanas a ciudades como Quito, Latacunga y Ambato —ciudad que, de hecho, debe su nombre a este anfibio—. Era parte del paisaje cotidiano. Hasta que desapareció.
Durante décadas, el país creyó que el jambato se había extinguido. Sin embargo, en 2016 fue redescubierto en Angamarca, en la provincia de Cotopaxi, marcando uno de los hitos científicos más importantes para la conservación global y devolviéndole al Ecuador una gran responsabilidad.
Hoy, el país alberga la única población silvestre viable conocida en el planeta, con menos de 300 ejemplares monitoreados. Su supervivencia depende exclusivamente de lo que ocurra aquí.
A pesar de ello, el jambato sigue en peligro crítico de extinción. Por esta razón, organizaciones de la sociedad civil, científicos y ciudadanos articulados en una coalición por su conservación hacen un llamado urgente a las autoridades locales y nacionales para reconocer y proteger al jambato como una especie emblema del Ecuador, símbolo de biodiversidad y resiliencia.
El jambato es un anfibio diurno, terrestre y de movimientos lentos. Su vida depende de ríos de aguas limpias y corrientes, donde se reproduce mediante un abrazo nupcial conocido como amplexus. La hembra deposita sus huevos en el agua y sus renacuajos sobreviven bajo las piedras, adheridos gracias a una ventosa natural.
Este delicado ciclo lo hace especialmente vulnerable. Entre las principales amenazas que enfrenta están la degradación de su hábitat y la
contaminación de los ríos, agravadas por actividades humanas no sostenibles, como la construcción de la vía Pasapungo – Angamarca – El Corazón.
Cada intervención en su entorno puede significar la diferencia entre su supervivencia o su desaparición. “El desarrollo no puede ser sinónimo de extinción. El jambato ya se perdió una vez. Hoy, no podemos repetir esa historia”, señala María del Carmen Vizcaíno, presidenta de la Alianza Jambato.
A pesar de su historia extraordinaria, el jambato sigue siendo desconocido para gran parte del país.
Por eso, iniciativas como el Día del Jambato buscan acercar la ciencia a la gente, fortalecer procesos educativos y recordar que proteger esta especie es también proteger el agua, los ecosistemas y la vida. Porque salvar al jambato no es solo conservar una rana, es promover el desarrollo sostenible en las comunidades.
Sobre la Alianza Jambato
La Alianza Jambato es una fundación que articula ciencia, territorio y sociedad para la conservación de la biodiversidad amenazada en el Ecuador. Su trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional, incluyendo la inclusión del hábitat del jambato en la primera Área Clave de Biodiversidad (KBA) del país dedicada a un anfibio.
Para más información: https://alianzajambato.org
Fotografía: Amanda Quezad




