Somos, con todas sus palabras, una sociedad edadista. Una sociedad que no duda en utilizar “viejo” o “vieja” como un insulto para denigrar a una persona por el simple hecho de tener más años.
Una sociedad que parece no conmoverse ante una realidad que debería indignarnos: miles de personas mayores en Ecuador llegan a la vejez sin una pensión jubilar y deben sobrevivir en la informalidad (78% de las personas mayores), en situación de pobreza o, incluso, de pobreza extrema.
El edadismo está tan normalizado que hasta nos incomoda ver que los “viejos” y “viejas”, que bien podrían ser nuestros padres o madres, y que algún día seremos nosotros, tengan filas preferenciales en instituciones públicas o bancos.
No nos importa verlos de pie en el transporte público mientras nadie respeta los asientos preferenciales. Y hemos llegado al extremo de naturalizar, en estos tiempos, que algunas personas mayores busquen entre los contenedores de basura botellas de plástico o cartones para venderlos y conseguir unos pocos centavos para sobrevivir.
Por eso tampoco debería sorprendernos que, desde el discurso político y las redes sociales, la edad siga utilizándose como una forma de descalificación. Por eso hasta -a muchos- les causó “gracia” cuando el “joven” Presidente, calificó a un ex presidente como “cadáver que está ahí sumergido en formol”. Y no faltaron los comentarios en redes: “viejo”, “vieja”, “monia”, “mamotreto”, seguido del infaltable “hdp”.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué valor tiene hoy una persona mayor, hombre o mujer, en Ecuador? La respuesta debería ser contundente: muchísimo.
La actitud negativa frente al envejecimiento y a las personas mayores tiene consecuencias reales. No se trata únicamente de una palabra ofensiva o de una broma aparentemente inofensiva. El edadismo afecta la manera en que las personas mayores se perciben a sí mismas y repercute en su bienestar físico y mental.
Cuando una persona mayor siente que es una carga, un estorbo o alguien cuyo tiempo ya pasó, puede terminar interiorizando esa mirada. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que las percepciones negativas sobre el envejecimiento pueden afectar la salud, autonomía y calidad de vida.
De acuerdo con el Informe Mundial sobre el Edadismo, de la Organización Mundial de la Salud, el edadismo comprende los estereotipos (lo que pensamos), los prejuicios (lo que sentimos) y la discriminación (cómo actuamos) hacia otras personas o hacia nosotros mismos en función de la edad.
Lo preocupante es que el edadismo no aparece de repente cuando cumplimos 60, 65 o 70 años. Se aprende desde la infancia. Desde pequeños recibimos mensajes sobre lo que significa ser “joven” o ser “viejo”. Los interiorizamos, los reproducimos y terminamos utilizándolos para juzgar a los demás y, con el tiempo, también para juzgarnos a nosotros mismos.
El mundo está envejeciendo. Cada vez hay más personas de 60 años o más y Ecuador no es ajeno a esta transformación demográfica. Por eso, hablar de envejecimiento ya no puede ser hablar de “los otros”. Hablar de las personas mayores es, en realidad, hablar de nuestro propio futuro.
En 2025 se duplicó en el mundo el número de personas de 60 años o más. En 2050, esta cifra alcanzará los 2.000 millones. La gran mayoría de estas personas vivirá en países de ingresos bajos y medianos, como Ecuador cuya población mayor de 65 años sobrepasa en la actualidad el 1,5 millón de personas.
Y aquí aparece la cultura
Parte de la esencia de la cultura es el ser y hacer, cómo un pueblo construye una identidad propia. Es aquello que construimos cada día: nuestras formas de relacionarnos, nuestras palabras, nuestros comportamientos y la manera en que valoramos y y le damos un lugar a los diferentes grupos etarios.
Las personas mayores son los últimos guardianes del patrimonio intangible. En ellos y ellas están los conocimientos, experiencias, tradiciones y saberes que forman parte de la memoria colectiva. Esa diversidad y riqueza únicas y maravillosas de cada uno de nuestros pueblos… Y los estamos dejando ir en silencio.